miércoles, 4 de abril de 2012

La nada de después


Alekséyev - Venga vete, yo recojo. Que te está esperando la chavala.

Juan - No, gracias. Prefiero hacerlo yo. Y no, no es una estrategia de seducción. Es solo que…bah, déjalo.

-¿No decías que estaba a punto de caer? O estas disfrutando de los momentos previos o estás cagado.

-Mira, está a unas palabras de ser mi novia. No rollo ni follamiga: novia. Somos muy amigos y de ahí parece que solo se puede pasar a novios formales. Lo que pasa es que… aunque suene raro, no quiero ser feliz todavía.

-¿En serio? ¿No llevabas tiempo babeando por ella? ¿No estabas harto de la soledad y de hacerte el hundido? ¿Cómo que no quieres ser feliz?

-Pues que si resulta que consigo llegar a ese estado supuesto, después, ¿qué? ¿Qué ambición queda y qué más puedo hacer después para seguir progresando? ¿Quedarme con lo que tengo y disfrutarlo? Quizá sea lo que intente, pero sé que después de un tiempo de embriaguez, todo empezará a bajar: discusiones, compromisos incómodos, humillaciones de calzonazo inevitables… seré cada vez más consciente de la falta de libertad y de lo que me pierdo. Creo que la acabaré conociendo demasiado y me aburrirá. De hecho, antes me atraía mucho más…

-Hombre, eso puede ocurrir pero cuando llevéis mucho más tiempo; la gente normal no se suele hartar tan pronto. Quizá no puedas quererla porque no te quieras a ti mismo demasiado.

-Bueno bueno bueno, ese argumento de magufo psicoguay no funciona conmigo. Yo no le temo a los típicos problemas de pareja. A lo que le tengo verdadero miedo es a encontrar lo que llevaba tanto tiempo deseando  y no tener nada más que buscar.

-No quieres dejar de ser un miserable, ¿verdad? Se está muy a gusto en esa rutina en la que no tienes que rendirle cuentas a nadie, ni siquiera a ti mismo. En ese plan, puedes permitirte el lujo de ser un mierda porque a la única persona a la que vas a defraudar es a ti. Y cómo tú no importas...

-No es tan fácil…

-Mira a la chavala esperando. ¿No ves lo inquieta que está, consciente del momento que cree que va a vivir esta noche? ¡Aprovecha, tonto! Hasta que te aclares, la mejor filosofía de vida temporal que puedes seguir es disfrutar.

sábado, 24 de marzo de 2012

Cara de póker


Esta máscara es fácil de fabricar, aunque aprender a usarla no tanto. De color gris neutro, es una cara con una sonrisa plana, normal, sin transmitir alegría pero tampoco pena. Los grandes jugadores no expresan ni lo bueno ni lo malo y, por tanto, no somos capaces de darnos cuenta si lo está pasando realmente mal, si no puede más con la tensión del momento o si su vida se va al garete.

En el reverso de la pieza, voy a poner elementos decorativos para darle vidilla e intentar expresar qué es lo se oculta tras una perfecta cara de póker. Pintaré primero unos ases pero también algunas cartas malas. También pondré destellos y cruces, fresas y espinas, iluminaciones y sombreados. Porque hay expertos jugadores fuera de la gamuza verde que no dejan ver qué alegrías guardan entre los dientes y qué pesares llevan consigo. Hay grandes conocedores del póker y de la vida que nunca revelan sus cartas ni cuando se retiran de la mano: solo cuando se arriesgan a muerte ante la victoria o la derrota. Sus intentonas quedan ocultas celosamente en un velo de misterio que suele tapar previsibles fracasos. Aunque el jugador se dé cuenta de que la ha cagado al retirarse precipitadamente, tampoco lo notaremos en su expresión.

Ese jugador que tiene por costumbre no revelar nunca sus sentimientos e intenciones y que nunca sabemos qué es lo que quiere, se escuda tras una mueca vacía e infinita, una máscara perfecta que, aunque sea del todo artificial y forzada, podemos llegar a aceptarla como natural y cierta.

¿Qué ocurre cuando el frío jugador de rostro incorruptible está arrastrándose por el barro? Que nadie se dará cuenta. Por eso, y alterando un poco el trabalenguas, el primer desenmascarador que lo desenmascare, su salvador será. 

miércoles, 21 de marzo de 2012

Mantener el interés


Juan -Creo que ya la conozco demasiado y ha perdido el misterio. La posibilidad de que sea una persona acojonante y especial se desvanece…

Alekséyev -Aun así  sigues queriendo tirártela.

-Efectivamente. Estaba yo pensando que si yo me canso de casi todo el mundo, por muy especiales que pudieran parecer en un principio, quizá yo… Quizá yo también le canso a la gente. Me esfuerzo en que eso no ocurra y honestamente, creo que soy una persona interesante. Pero como parece que aquí no hay nadie especial o que somos todos especiales y por tanto, no hay nadie especial, es probable que más de uno y de una se haya hartado de mí. Explicaría algún comportamiento que aun hoy me extraña.

-Hombre, haciendo una estadística rápida sobre toda la gente que he conocido, en cuanto a interés estás por encima de la media. No hay que preocuparse por eso, hombre. Hartarse es algo natural.

-Claro, a ti no te preocupa porque siempre eres una caja de sorpresas. Alekséyev es un personaje glorioso, nunca me canso de él porque siempre actúa como habría que actuar pero de una forma imaginativa y valiente. A veces noto que, ante una situación imprevista o polémica, un destello de incertidumbre se te pasa por los ojos hasta que piensas: ¿qué haría Alekséyev? Sin embargo, yo no tengo un personaje tan definido ni tan interiorizado. Yo soy yo, opaco a veces, transparente casi siempre (para mi desgracia), siempre acabo actuando con una lógica predecible. A mí esa lógica, esa manera mía de actuar, me cansa. ¿No va a cansar a los demás?

-Gracias por lo de glorioso. Tío, tú eres una persona curiosa, con inquietudes, que siempre comenta qué libro o película te acabas de terminar. Vas evolucionando y aprendiendo, y eso te mantiene el interés siempre que no te estanques. Pero como ya te he dicho, hartarse de alguien es algo natural, que sucede y ya está, no hay que darle más vueltas. Quizá hasta sea algo bueno: así no nos enganchamos a cualquier persona que aparece en nuestra vida. 

domingo, 11 de marzo de 2012

*Bonus: Minisagas IV






XVI.

Harto de hacer zapping, pulsó al azar un botón del mando a distancia. Tras ver cinco segundos de un programa, sacó la recortada y le metió un tiro al televisor. No debió hacerlo: del aparato emanó un potente chorro de mierda que lo sepultó en el salón al estilo Pompeya.


XVII.

Descubrió un volcán submarino y entró sin pensárselo. El ambiente no le gustó: hacía demasiado calor, la lava resecaba sus escamas y no se entendía con los otros peces que vivían allí. Incómodo, vio que no pertenecía a aquel lugar, pero estaba siempre tan desorientado que nunca encontraba la salida.



XVIII.

Ya casi la tenía: estaba a punto de componer una canción espiritual, una de esas que parece que no cuentan nada pero que trasmiten una curiosa sensación. Esta acabó siendo perfecta y una  vez la interpretó acabada, comenzó a llorar y no pudo parar nunca.  No logró cantársela a nadie.




XIX.

¿Acaso no eres consciente, amiga mía, de cuanta felicidad me proporcionaría una noche, una sola noche, en la que me dijeras que sí? No te costaría nada, lo pasarías genial y yo sonreiría más, a ti y a todo el mundo. Si de verdad me quieres, ya sabes: ¡ropa fuera!




XX.

Hasta los animales más imponentes de la sabana huían despavoridos ante la soberbia del Jeep atronador. Salvo uno: un elefante joven se plantó desafiante y obligó al coche a frenar en seco. Espontáneamente, los  animales que escapaban se abalanzaron furiosos. Ahora,  esos furtivos forman parte del ciclo de la Naturaleza.

sábado, 10 de marzo de 2012

Mala suerte, ya ves


Generalmente, las personas suelen tener una suerte equilibrada: a veces va bien la cosa, otras no. A él siempre le iba todo mal. Los supersticiosos dirían que tenía un mal de ojo o un cenizo encima, pero no: lo suyo era simplemente estadística desfavorable persistente. También es verdad que era una persona muy despistada, defecto del cual él no tenía porqué  sentirse culpable. Pero otras muchas veces saboreaba el lado oscuro de la probabilidad, tragándose los pedos de la puta esa, Fortuna.
De esta manera, el desdichado fue pasando por la vida como un drama de miniserie. Perdió pronto a sus padres, siempre con poco dinero, fracasos continuos en los negocios, roturas tontas de huesos, atracos y puñaladas, meteoritos que caen demasiado cerca, tías buenorras que resultaban ser trípodes, perros que se le meaban encima, palomas que se le cagaban encima, borrachas que le vomitaban encima, llaves que se le caían por las alcantarillas, pedos que sonaban y olían bastante más de lo calculado, eructos mientras le grababa la televisión, vacaciones con Costa Cruceros, multas por pasarse del tiempo en zona azul, ladillas, tener de primer apellido Salido y de segundo Del Pozo…

Sin embargo, tras varios traumas y lamentaciones, empezó a  tomárselo con humor. Que las desgracias le destrozaran la existencia una y otra vez sin que ocurriera nada bueno era… ¿cómico? Él empezó a convencerse de que sí. Contaba sus tristes hazañas y sus anécdotas a lo Gila mientras a su alrededor todos acababan riéndose de sus desgracias. Era un resultado buscado, ya que ante tanta cantidad de infortunios, el orgullo, la imagen de interesante o el prestigio perdían toda la importancia.

Su filosofía, viendo que la ola de mierda lo pillaba sistemáticamente con la boca abierta, era llevar a la máxima expresión aquello de reírse de sí mismo. Pensaba que sentirse mal no era productivo y ya que muchos de sus problemas no se podían solucionar, ¿no sería mejor encontrar la fórmula mental para que tanto infortunio no efecte directamente en la cordura y en la personalidad? ¿Acaso se está obligado a sentir un duelo por cada palo que da la vida sabiendo que vendrán muchos más y posiblemente, en poco tiempo? El desafortunado personaje decidió tomar el camino de la tragicomedia, del humor negro abismal.

Aquel que se reía de del santo Job estuvo un tiempo viviendo en la calle y su hija adoptada se casó con un pijo del Opus después de una dilatada vida de meretriz asequible. Pero hasta el último suspiro, mientras cerraba para siempre su único ojo (el otro lo perdió al rompérsele una cuerda de guitarra), no dejó de reír. Incluso se le quedó grabada una sonrisa tras expirar que, tras varias horas y una sesión de maquillaje por becarias del tanatorio, quedó ciertamente siniestra.

Unos decían que había logrado una paz espiritual fuera de lo común (el Nirvana llagaban a decir), otros decían que tanta mala suerte había acabado con su cordura y solo pudo soportar su existencia mediante una sutil locura. Pirado o no, lo llevaba con humor. Y seamos sinceros: ¡qué envidia!

miércoles, 7 de marzo de 2012

El Horror


Adela- ¿Se puede pasar al cuarto de baño?

Juan- Todavía está mojado pero vamos, pasa. Cuidado no te resbales. Oye, sí que estáis tardando hoy con la clase de interpretación, ¿no?

 -Bastante.  Alekséyev está un poco cabreado con nosotros porque no nos sale bien la escena. Es un profesor muy exigente y el papel no es nada fácil: se supone que unos guerrilleros de no sé qué país africano se cargan a machetazos a un pobre hombre que pasaba por allí. Nosotros tenemos que interpretar al periodista testigo de todo. Por lo visto es un hecho real grabado por cámaras y todo. Si quieres puedes entrar en la clase, que el profe va a interpretar la escena él mismo.


Un joven de camisa blanca empieza a ennegrecer su humilde vestimenta con manchas de su propia sangre. Otros jóvenes no tan humildes lo persiguen desde el final de una calle desolada. Tienen armas de fuego, pero se divierten más con los machetes. Sus golpes no son nada cinematográficos: no hay salpicaduras violentas de sangre y el sonido sordo de los tajos son tapados por el griterío continuo de aquella escombrera gigante. Mientras, las costillas cuelgan entre los músculos al ritmo de una huida imposible.

La camisa toma el color del abismo mientras la negra piel brilla al sol con más vida de la que contiene. Ellos se marchan tristes mientras una masacre se contiene en una sola persona. No están muy satisfechos porque sus primitivos instintos, muy sobreestimulados desde que empezó todo (desde siempre) no han sido acallados con suficiente espectacularidad o riesgo. Pero como mero entretenimiento no está mal.

Al final de la calle, donde estaría la meta, un coche graba la escena con un zoom maravilloso y con un eficaz micrófono direccional. Mientras, un periodista deja por fin de pensar en qué titular le pondría a aquella escena: Choque violento entre la materia del universo concentrado en un espacio corrupto de entropía visceral. Pero el periodista empieza a sentir cosas. Tras unos instantes de transformación mental, se acerca al casi cadáver que, aunque está casi inerte, se le oye temblar incluso con los oídos tapados. El blanco sostiene la cabeza del enrojecido y tras varios segundos de demoledor contacto visual, la víctima del mundo expira.

Quieto como un cristo de sepultura, apura el trascendental momento antes de que los hijos de la gran puta vuelvan para seguir divirtiéndose con la muerte. El periodista vuele al coche/cascarón de huevo no muy rápido y se sienta como un gigante sobre una ciudad. Atascado por una realidad inconcebible, comienza a narrar lo que ha visto, pero lo hace sin ojos, ni oído, ni olfato. Él ahora es solo relato:

    “Acabo de ver, en esos ojos, nada menos que el Horror. No es como en las películas de Hollywood. No. Es… ¡Había tanta oscuridad en sus ojos! Decía con ellos que conocía La Verdad, que en ese preciso instante acababa de darse cuenta de Todo. Y Todo era nada. Sabía, con toda la certeza que nadie vivo puede imaginar, que iba a morir en ese momento de dolor inaguantable y soledad cruel. No había ni un ápice de esperanza en esos ojos. Todo estaba perdido. Todo. El saber de tu final trágico, sin un deux machina que te salve, sin un desmayo y un despertar en el hospital. El Horror es que fulminen en tus carnes toda la esperanza, todos los sueños, toda la incertidumbre que tapa la oscuridad venidera. Nada queda de la realidad que percibimos. Todo es dolor, solo dolor: dolor infinito. Y cuando eres consciente de que es infinito, la cabeza se marchita en un suspiro y te vuelves loco de repente. El ser más atormentado del mundo.”

domingo, 26 de febrero de 2012

Y no pasa


Pelo grasiento y barba de un mes, un individuo cuasinerte clavado horas y horas bajo las palmeras de plástico, con un mar fijado en los ojos y arena sobre piel blancucha. Espera, desde la orilla asolada por las rocas, a que la sirena (una cualquiera) aparezca como una chica Bond en la playa y le atraviese con todos esos besos que se ha estado perdiendo durante estos días y siglos de paciencia infinita.

    Sabe que no pasará. O más bien, no imagina, no llega a concebir que por fin su fantasía, sencilla para muchos otros mortales, se llegue a manifestar en sus carnes, castigadas ahora por el salitre y la roña de la tierra. Sin embargo, espera. No hace otra cosa.

    Durante mucho tiempo se convenció de que no existían las sirenas, que a esas solo se las tiraban los tritones y los chulopesados de discoteca. Pero tras muchos testimonios de seres normales decidió esperar como una estatua en la playa más cercana, una pedregosa sin turistas que no arruinara el dichoso momento si se llegara a producir. Hasta hoy, el sol ha secado su piel y sus labios y la arena se ha colado en todos sus poros; la sal también lo mantiene fijado en la postura de la esfinge muda, esperando que una sirena (la que sea) rompa el opresor maleficio.
    Aparte del  vaivén de las olas, la erosión del viento, el fraguar del sol y la picadura de algún que otro bicho taladrante, allí no pasa nada más. Nada. Nada…

lunes, 20 de febrero de 2012

Vergüenzas escondidas en una habitación


Maestro- Bueno señores, hora de cerrar y de ir a la fiestas del extravagante Fali Brown. ¿Habéis traído algo para la subasta benéfica?

Juan- No comprendo el fin de tener que llevar objetos de los que nos avergoncemos y además, sacados de nuestro cuarto. Yo tengo mis dudas sobre si quiero desprenderme de estos objetos, aunque supongo que la causa lo vale…

Maestro- Claro que sí, que lo vale. Aunque ya sabes cómo es Fali Brown: seguramente lo haga por otras razones más profundas, como para conocer mejor a sus invitados o tener un regalo para nosotros dentro de unos años. En fin, os voy a enseñar que traigo.

>>El primer objeto es mi reloj despertador. Ahí te pudras, artefacto de Satanás. Antes tenía otro son más solera con el que empecé a escuchar la radio de verdad y a ilusionarme por la cultura. Tenía una lucecita cuando encendías la radio con temporizador que era muy cálida e iluminaba suavemente las penumbras de aquellas noches. Sin embargo, este de aquí tiene los números verdes y brillan mucho, demasiado. Da tanta luz que no puedo dormir. En serio, no puedo.

>> El segundo es una aun servible memoria ROM portátil de 320 gigas. He dejado ahí las cuatro cosillas que tenía: música que ya no escucho, peliculillas comerciales, carnaval y fotos. Las fotos son lo que me avergüenza realmente de este cacharro. Son de algún viaje que no salió como esperaba, de alguna salida con antiguos amigos que ya no conservo o de oportunidades perdidas o degustadas muy a medias. Ya sabéis, el pasado que te persigue. Además, el disco duro este está chafado porque lo usaba para otras cosas relacionadas con perder el tiempo, aunque siguiendo las instrucciones que he adjuntado se puede usar sin demasiados problemas.

Juan- Pues mi primer objeto es un balón de futbol del Betis con las firmas impresas de los jugadores de hace tiempo. Lo tenía de exposición, aunque sin las firmas tampoco hubiera jugado mucho con él, me temo. No me gustaba el fútbol y lo de seguir al Betis era más bien para encontrar algo de identidad. Ahora en parte me avergüenzo por necesitarlo en aquel momento y considerarlo un objeto valioso. Ya está deshinchado.

>>El otro objeto es mi Caja Gamberra. Pertenece a cuando me daba cuenta de que la niñez se iba a pasar inevitablemente sin que hubiese trasteado mucho por ahí. Si llego a ser consciente de que podía potenciar la picardía y gamberrear sin recibir un castigo verdaderamente importante… Pero no, yo siempre era asquerosamente bueno. Esta cajita era donde reservaba cosillas para gamberrear que nunca usé, como una cajita de bombas fétidas entera, petarditos de niño chico (que  a mí me parecían la leche ya con pelillos en los huevos), bolitas, cordel, una moneda de cinco duros…

Alekséyev- Yo también he traído una pequeña perla que tenía olvidada en un cajón. La he traído porque el mismo Fali Brown prometió pujar alto por lo que yo llevara, pero no me hace especial gracia esto de desvelar presuntas vergüenzas.

>>Lo que traigo es una canica. Sí, solo eso. Aunque mirad qué diseño: tiene el lacito interior completamente negro. Se llama Canelita y me la dio una buena amiga hace muchísimos años. Una amiga a la que quise con toda la sinceridad e inocencia que conservaba en aquellos años pero que hoy no sé donde cojones está. La podría localizar pero, ¿para qué? Sería como conocer a otra persona totalmente distinta con una excusa muy alejada en el tiempo, muy borrosa. Esta canica, Canelita, me recuerda a esas personas que han pasado por mi vida dejando huella pero que por la razón que sea, ya no están ahí. Demasiadas caras encerradas en una bolita es una cualidad que solo yo soy capaz de ver y que nadie sabrá darle valor en la puja. No tiene sentido hacer esta subasta de baratijas vergonzantes: aunque hablemos de ellos y desvelemos sus secretos, el valor de los recuerdos será siempre intransferible.

viernes, 3 de febrero de 2012

Que se vayan


Me quejo de que no soy capaz de crear nada y de que no tengo ahora nada de inspiración… capullo. Los médicos dicen que estoy casi bien, tengo encargos y trabajo para más de un mes, dinero de sobra y para colmo, me he echado una novia maravillosa que encima tiene tetas. Sin embargo, mis trabajos artísticos no van nada bien. He tenido tanto tiempo para desahogarme tallando pajas mentales que, ahora que me va todo bien, no soy capaz de crear nada. Este detalle debería ser para mí una chorrada, una de esas cosas poco importantes de la vida por las que no hay que preocuparse mucho pero... No, soy un artista, o al menos pretendo serlo. La felicidad no es nada inspiradora y nadie quiere ver o crear una obra que trate de lo bonita que es la vida.

  Supongo que debería disfrutar de lo que tengo y no preocuparme de momento por la inspiración. Como decía Bécquer en boca de Sabina, “cuando tengo el amor, siento; cuando no lo tengo, escribo”. Estoy muy ocupado frotándome las manos como un niño nervioso y bailoteando por las esquinas ante esta suerte a la que no estoy acostumbrado que me olvido de oír la vocecilla de la inspiración y la que me pide rebelarme o tener más y más de todo lo que pase por mi antojo. Pero también dejo de escuchar esa conciencia malaje que no te deja disfrutar de casi nada y esos recuerdos fallidos que se te vienen a la memoria a raíz de cualquier suceso cotidiano.

  Quizá la felicidad es dejar de oír voces en la cabeza, tanto las buenas como las malas. Convertirse en otro feliz más, uno de esos encantados de la vida y sin ganas de trasgredir. Insolidaria y añorada individualidad plena.